lunes, 1 de septiembre de 2008

$2,50 x 48 horas


Música: "Stop the world" System of a down
Hora: 23:45 (cebadísimo con esto de recuperar el blog)

Este texto está publicado en el increíble y valorable proyecto editorial de mi amigo Gerónimo Unibaso (poeta que hay que leer - y no lo digo solo porque es mi amigo - )titulado: "Esto no es una REVISTA literaria"


Dos lugares comunes: el calor del verano y la más que evidente falta de ideas del cine norteamericano comercial. El primero es inevitable y natural. El segundo debe tener causas un poco más complejas, aunque seguro es evitable y para nada natural. El primero te lleva a una abulia potenciada por el ocio. El segundo te lleva a evitar cualquier película que tenga recomendaciones del tipo: “dos pulgares arriba” o “una montaña rusa de adrenalina”. El primero te da la oportunidad de ponerte al día con el cine. El segundo te lleva a buscar en otras cinematografías, búsqueda incierta y ardua.
Esta cuestión de la globalización y las otras culturas (el Otro diríamos poniéndonos culturosos) suelen ser tentadoras. Entonces empezamos a recorrer oscuras zonas del video o buscamos aquellas películas que solo tienen una copia en existencia o recurrimos a recomendaciones de fuentes diversas. Y caemos entonces en cajas que tienen más texto que imágenes (alquilada la película descubriremos que más que verla, la película hay que leerla), descubrimos que existen casi tantos festivales como pelis que no vimos, y descubrimos que un apellido no necesariamente tiene que llevar vocales.
Entonces caemos en esa zona hija del neoliberalismo y del consumo más descarnado. Películas víctimas de la novedad, que olvidadas se apilan bajo el ignominioso cartel de “$ 2,50 x 48 horas”. Pero expertos en economía de guerra y en mesas de saldos (léase tipos sin recursos interesados en los bienes culturales) conocemos las bondades de estas fosas comunes de la industria.
Toda esta presentación es una justificación para una recomendación (y para una cacofonía propia de tesis universitaria). Una manera de ahorrar tiempo y plata, o si se quiere una necesidad de comentar tres películas, fáciles de conseguir, entretenidas y provenientes de un mercado, que en los últimos años se impuso y está alimentando la escasa imaginación de Hollywood: el cine de Oriente.
Son tres películas (no desesperen, no son de terror, ni tienen nenitos de tez blanca apareciendo en la mitad de la noche) que tuvieron su estreno comercial y que funcionaron bien, pero que quizá hayan quedado olvidadas en el fragor de los estrenos. Atención: no es cine arte, ni metafísico, no son “de pensar”. Son tres filmes para pasar un buen rato sin demasiadas exigencias para el espectador pero que reflejan la libertad creativa del cine oriental (algo que, lamentablemente, no se ve muy seguido).
La primera debe haber dejado tecleando a Quentin Tarantino. Curioso, mientras Tarantino visitaba la cultura japonesa con una mirada simplona en Kill Bill Vol. 1 (2003), Park Chan-woo se apropiaba de la estética de Reservoir dogs (1992) y Pulp Fiction (1994), la exacerbaba y enriquecía y respondía con Oldboy (2003), un thriller de base norteamericana pero hecho con la furia, el sadismo y la libertad temática del cine asiático. Y acá no hay pescadores al costado de un río que ven pasar las estaciones, ni sensual erotismo de cuerpos enredados, ni serpientes metafísicas que le hablan a la cámara (muy raro ese corto final de Shoshei Imamura en 11 09 01 (2002)). Acá hay una furiosa historia de venganza urbana, exagerada (treinta y dos dientes y un martillo es una combinación que te produce escalofríos como mínimo), que no duda en recurrir a peleas desiguales (y no hablo de un ninja contra un ejército de marines, si no de peleas desiguales y creíbles) y a temas tabús como el incesto (un final de tragedia griega impecable). Una joyita potenciada por la manera histérica en que está filmada, un montaje en empatía con el protagonista y una desmesura que deja pipón al espectador más exigente (tarea para el hogar: encomillar la última frase y pegársela a la cajita del DVD en el videoclub, no olvidar mencionar al autor y la revista que está leyendo).
Libertad creativa descontrolada + Entretenimiento + Influencias orientales varias. Fórmula que tiene, por lo menos, un resultado obvio: Kun-fu-sion (Kung-Fu-Hustle, 2005) de Stephen Chow. Imaginemos un futuro director de cine víctima de una sobre-exposición de Looney Toones, juegos de Play Station, películas de karate a la Bruce Lee y comics / manga diversos. Imaginemos a este joven crecido y con un presupuesto honeroso y la libertad de hacer lo que quiera creativamente. Imaginemos eso y tendremos un esbozo de lo que es esta película. Historia de mafiosos en la China de las primeras décadas del siglo XX, Chow se permite jugar con el animé, la comedia musical, el humor estúpido y una historia de héroes ocultos que dan ganas de ver varias veces. El que odie las películas de karate que la vea para empezar a conocer el género desde el humor. El que idolatre las películas Shaolin que entienda esta humorada como un homenaje cariñoso. (A propósito este es el mismo Stephen Chow que está armando la película de Dragon Ball Zeta con actores de carne y hueso - y mucha computadora, por supuesto - )
Finalmente, un clásico de las recomendaciones de cine oriental: el maestro Takeshi Kitano. Recomendar a Kitano hablando de cine asiático es casi una obviedad pero es una obviedad justificada en el talento de este director. Zatoichi (2003) es una perla dentro del cine de samuráis (me arriesgo a ponerla al mismo nivel que Los siete samuráis (1957) o Kagemusha (1980) de Akira Kurosawa). La historia no tiene muchas novedades: un maestro samurai ciego (nada que ver con la horrible Blind fury (1989) con Rutger Hauer, éxito de mi adolescencia cinéfila) disfrazado de masajista llega a un pueblo, que soporta el enfrentamiento de distintas bandas criminales. Como imaginarán, el ciego se hará cargo de defender a los pobres y ausentes, con gran despliegue de peleas, sangre y sablazos a lo animé. Hay traiciones, delaciones, mentiras, asesinos a sueldo, jefes entre las sombras y víctimas inocentes. Parece una de samuráis dirigida por Scorsese (¿se imaginan un Joe Pesci japonés?). Ahora, esta libertad creadora, esta mente abierta – que quizá sea la percepción que uno tiene desde una cultura que se plantea como opuesta, o al menos bastante distinta – y con la que vengo insistiendo a lo largo de este texto, se manifiesta con toda su desfachatez en el cuadro final de la película: una increíble coreografía de tap americano, a lo Ziegfeld Follies, pero con la escenografía y vestuario del Japón del siglo XIX. Una escena injustificada en la continuidad de la historia pero que engarza de manera magistral y natural, y termina haciendo pensar como imposible cualquier otro final (y ojo, que no estoy revelando el final de la película, por ahí estoy arruinando la sorpresa, pero no es tan grave).
Tres recomendaciones, tres películas fáciles de encontrar en cualquier videoclub. Tres películas editadas hace un tiempo, ya del lado de los saldos. Bueno y barato: chiches asiáticos de bazar de todo por dos pesos (aunque menos kitsch y más perdurables).

2 comentarios:

estonoes dijo...

...aclaración: el texto aparece en "esto no es una revista literaria"...

...copate el blog. lo estabamos extrañando amigo...

...un abrazo real...

Emiliano Vuela dijo...

Terrible error (todo por no mirar) Lo lamento. Gracias por la aclaración