Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de enero de 2011

El hombre de la salamandra

Uno de mis primeros relatos, allá por el 94. Salió publicado en un diario de Villa Mitre (y después dicen que no somos una ciudad) y, por supuesto, en la revista que sacábamos con el taller literario al que iba, "Palabriendo palabruptas" de Elsa Calzetta.

Un texto que me trae buenos recuerdos y que me sigue gustando mucho.


Todo comenzó cuando compraron la salamandra.

Nosotros vivíamos contra el alambrado, cerca del pinar. Mi viejo era peón, mejor dicho, toda la familia servía a Don Nicanor, el patrón. No era mal tipo, pero nuestro rencor innato nos obligaba a odiarlo.

La fecha exacta, la verdad, me la olvidé. Pero era un típico atardecer de invierno. Eramos tres con mi hermano. Volvíamos cansados. La tierra no había querido ceder un centímetro al arado. Ibamos despacio, mirando el barro pegarse a las alpargatas. Aún ahora, con casi cincuenta años, me deprime pensar en donde vivíamos. Una casilla destartalada de chapas y maderas, con apenas espacio para las camas y la cocina. Pero esa tarde al mirarla me alegre. Del oxidado tiraje pendía un delicado humo negro. Corrí impaciente.

Era pequeña. Un poco más alta que mi hermano menor. La habían pintado de negro y la única nota de color, era el rojo caliente, de la leña ardiendo a través del cenicero. Ahora puedo decirlo: nunca me gustó.

Admirados nos sentamos alrededor, disfrutando la empalagosa tibieza. En casa siempre comíamos temprano, aunque esa noche el guiso se terminó a las once. Yo me acosté primero, pero fui el último en dormirme.

Debería ser de madrugada cuando el reflejo del cenicero, me iluminó. Lo miré hipnotizado. El sueño me ganaba de a poco, cuando ocurrió.

Aún hoy, afirmo que salió de adentro de la salamandra.

Era alto y de mirada profunda. El pelo lacio se enredaba en su barba negra. Sin hacer ruido se arrodilló a mi lado. Yo sudaba desesperado. No podía gritar, ni siquiera tocar a mi hermano, que dormía al lado. Estaba vestido con una túnica negra y respiraba despacio. Esa noche solo me habló cinco minutos, quizás más, y desapareció. Cerré los ojos al amanecer.

No se lo conté a nadie. No sabía si era un sueño o realmente había pasado. Ese día estuve algo aturdido y lo pasé en casa, inventando excusas para no quedarme solo. Pero a la noche no pude evitarlo y volvió a visitarme.

Esta vez fue más locuaz. Habló de Don Nicanor, de las riquezas que ocultaba, riquezas robadas a gente como mi familia y que alguien debía recuperar. Siguió hablando de cosas que se me olvidaron, tan solo recuerdo el beso en la mejilla, al decirle que lo haría.

A los días desapareció Don Nicanor y a la semana su hija. El hombre de la salamandra, tenía razón: se podía hacer. Al año de cuidar el campo, mi viejo se convirtió en dueño, gracias a unos manejos hipotecarios que hice. A partir de ahí las cosas cambiaron.

Las visitas nocturnas continuaron. Ya no vivíamos en la casilla. Ahora cada hermano tenía su cuarto en la casa del patrón. Y por supuesto que en el mío instalé la salamandra, mi vieja amiga.

El resto es historia conocida. No terminé el colegio, pero compré los títulos. El hombre de la salamandra era mi maestro, padre y único amigo. Gracias a él a los treinta era intendente y dueño de casi todo el pueblo. Mi carrera política no tuvo par como mi fortuna. Autos, casas, mujeres, viajes, nada me estaba prohibido. No me faltaba ninguna cosa y si quería algo, la salamandra lo conseguía. No tenía límites... hasta hoy.

Son las once de la noche, mientras escribo esto. El último sorbo de whisky desaparece con el tintineo de los cubitos en el vaso. Camino despacio y me siento, a esperar.

Ayer, el hombre de la salamandra se acercó sin saludarme, me miró profundamente como la primera vez y dijo:

- Hora de pagar favores.


domingo, 26 de diciembre de 2010

Presentación del libro

A pocos kilométros de la ciudad existe una reserva ecológica llamada Bahía Blanca, Bahía Falsa, Bahía Verde. El azar o la historia quiso que la ciudad llevara el primero de estos tres nombres, aún sabiendo que cualquiera de estos tres epítetos merecían una ciudad como la nuestra.

Esta colección de cuentos propone recorrer estas tres Bahías. Tres que son una y varias más. Ficciones ordenadas quizá también azarosamente y que de ninguna manera pueden agotar esta ciudad pura e inocente, hipócrita y banal, inmadura y esperanzada.

Lectores estas son mis bahías. Espero que las disfruten.

Blog de la editorial
Web de la editorial

Monte (fragmento de algo que anda surgiendo)



Publicado en "Esto no es una revista literaria" Primavera 2010

Link: el de Ella y el de El

Una sola vez alzó la vista en todo el viaje. Una sola vez dejó de seguir el trazo monótono de la línea blanca en la ruta y fue para ver esa construcción carcomida por el aire salitroso del mar, que inexplicablemente su padre insistía en llamar “hotel”. Bajó del auto sintiendo aún el zumbido del motor. Dejó avanzar a su familia y de lejos observó a su hermano corriendo alegre hasta la entrada del edificio. Se subió el cierre de la campera y avanzó quizás resignada. Trató de alejarse de su familia y siguiendo un camino de tablas bordeó el perímetro del hotel hasta alcanzar los fondos. Pudo escuchar a su padre abriendo la puerta principal, puteando bajo mientras trataba de encontrar la llave de la luz. Caminó un trecho breve oyendo el crujir de las maderas. Alcanzó una cerca de alambre, la saltó, se acercó y se detuvo casi al mismo tiempo en que descubría que ya no era melancolía lo que sentía sino una verdadera tristeza, que calada en su estómago subía hasta los ojos queriendo liberarse. Hundió las manos en los bolsillos de la campera y se paró al borde de la pileta. Una enorme piscina llena de arena. Dibujó una línea con la punta de la zapatilla y notó que era tan chata y aburrida como la marca de la banquina. Levantó la vista y fue como si el mar apareciera de golpe, imponente en su fragor, pero tan insignificante para ella como ese dibujo en la arena de una piscina abandonada. Miró alrededor. Estaba sola y lloró no sólo por lo que dejó atrás sino por esto que venía. Este invierno tan aburrido como la ruta desde Bahía hasta Monte, aunque lamentablemente no tan breve.

Puso un pie dentro de la piscina. Notó con desazón que el pie apenas se hundía. Dejó descansar todo el peso de su cuerpo en ese pie. Cedió imperceptible. Extendió los brazos para mantener el equilibrio, mientras los párpados se cerraban. Un gesto automático, teatral e inútil. El viento ni siquiera venía del mar. Olía a ciudad vacía: paredes húmedas y salitrosas. Volvió a pararse en los dos pies y abrió los ojos. Caminó hasta el centro de la piscina y se detuvo en una pequeña elevación. Escuchó a la familia descargando las valijas y las cajas en el interior del hotel. Unos gritos apagados se oyeron desde el primer piso. Era su hermano dedicándose a abrir y cerrar puertas para probar el eco de cada una de las habitaciones vacías. Se sentó. La arena estaba fría. Hundió un poco más las manos en los bolsillos, estirando la campera hacia abajo y cerrando los puños. Seguía triste pero a esta tristeza se había unido una furia incomprensible. El viento apagaba el sonido del mar. Un mar espeso y achocolatado, de olas revueltas y pequeñas, de pájaros perdidos revoloteando aquí y allá. Apretó los puños contra su panza y sintió un ligero retorcijón. Clavó los talones en la arena dejando dos profundos hoyos. Luego se levantó y entró al hotel.

En su cuarto – nadie le había preguntado si quería esa habitación, pero viendo lo alejada que estaba del movimiento del resto del hotel, decidió no quejarse – ya estaban sus dos valijas sobre un colchón pelado y algo sucio. Empujó las valijas al piso y dijo “nada” a su madre que desde el piso de abajo preguntaba qué era ese ruido. Rutina: tal acción, merece tal pregunta, a la que sigue tal respuesta, que concluye en esta tranquilidad odiosa e hipócrita. Se sacó la mochila y la tiró junto a las valijas. Sopló el colchón. Una ligera cortina de polvo se levantó. Partículas flotaron delante de sus ojos, puntos de luz formando diagonales rectas en el vacío del cuarto. Acostada vio un techo blanqueado a la cal, un ventilador fijado al techo por telarañas y unas tulipas en las paredes amputadas de sus foquitos. Miró hacia la ventana. El cielo se cerraba en nubes grises. No oía el mar, apenas lo adivinaba yendo y viniendo a la costa. Buscó en el bolsillo del jean. Sacó un porro a medio fumar y lo encendió. Tres pitadas, una ventana que se abría, una suave brisa que limpiaba el cuarto, dos pitadas, una mano que podía atravesar las paredes, hundirse en el pecho del hotel y sacar un corazón seco como una piña de pino, con escamas de pez y telarañas blancas en sus recovecos, una última pitada, un papel Ombú que se quema con un ruido ensordecedor de brasas infernales y un par de manos ajenas que revolotean sobre su cara hasta que se duerme acurrucada en un colchón que trata de abrazarla y no puede.

Despertó a la noche con un llamado a comer que llegado desde altamar viajó en un barco fantasma que boyaba oxidado entre olas cargadas de limo y mugre. Bajó la escalera y se sentó a la mesa, apenas murmurando un saludo. Comieron algo y descubrieron cuánto iban a extrañar al televisor. Escucharon radio: una voz monótona de palabras insignificantes. En el puré hizo una cara y con las marcas de la parrilla del bife le dibujo una cárcel que la encerró para siempre. Revolvió todo un poco, tiró algo al piso y se levantó. Algo dijo su mamá, que su papá pareció aprobar y que ella no escuchó. Subió a su habitación. El cuarto estaba frío. Agarró una toalla y salió al pasillo. Un foco amarillento iluminaba apenas. Al final del pasillo la luna asomaba a través de una cortina de nubes. Caminó y se detuvo al borde de la ventana. Giró la falleba y abrió las hojas de la ventana. Un aire húmedo se coló rápidamente. Miró hacia abajo. El camino de madera estaba apenas cubierto por la arena, que arremolinada no se terminaba de decidir en dónde pasar la noche. Apoyó las manos en el marco y se asomó, casi medio cuerpo afuera. Ahora la brisa parecía venir del costado, desde una casa desvencijada que apenas se adivinaba en la oscuridad de la playa. Entró y cerró la ventana. En el baño, mientras el agua de la ducha caía y el vapor cubría la habitación, pensó dos cosas: que sus pechos seguían siendo demasiado pequeños y que a la mañana siguiente iría a visitar esa casa. Esa noche soñó con una casa vacía llena de voces atrapadas en las paredes y sus manos eran martillos que destruían esas paredes pero que no lograban liberar ninguna de esas frases contenidas.


Link: Maragogi en Flickr

Ciudad de Villa Mitre, madrugada tranquila, un tema de The Smiths de fondo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Prólogo a la antología de próxima edición "Los seis magníficos"

Western


Cae el sol. El viento sigue soplando. La sequía ha cubierto la ciudad de un polvo denso, espeso. En la avenida principal una fiesta se interrumpe momentáneamente. Seis figuras apenas delineadas en los últimos brillos del atardecer se asoman y avanzan a paso seguro. Algunos huyen despavoridos y se esconden, espiando a través de las cortinas y persianas como en tiempos pretéritos. Saben que algo va a pasar y tienen miedo. Algo está por conmover su mundo y prefieren ocultarse, antes que sobrexponerse a la verdad revelada. Un chico se cruza y es rápidamente arrastrado por su madre. “Son poetas” le dice al oído, susurrando, y el pequeño abre los ojos inmensos. Su pequeña cabeza apenas puede comprender esto, es gente que escribe poemas, piensa una y otra vez y no puede entenderlo. El niño, en cambio, no deja de mirarlos y en algún lugar de él un pequeño poeta comienza a gestarse. El tiempo pasará y un oscuro personaje se cruzará en su vida y le acercará esta antología y nada será igual para ese ex-niño, ahora poeta. Pero esa es otra historia que el tiempo se encargará de escribir.

Los poetas llegan a destino. Se detienen, se sientan y leen. Las palabras se disparan y rebotan por toda la sala. Algunos tratan de escapar pero la palabracea les impide huir. Los versos atraviesan corazones, almas, estómagos, partes pudendas (algunos incómodos no pueden evitar llevarse la mano al pecho o cruzarse disimuladamente de piernas). Es un cruce de versos imparable, casi sesenta minutos dura la tensión. Hasta que callan y levantan la vista.

Nadie ha logrado escapar. Los cuerpos abatidos de palabras solo pueden aplaudir. Un gesto físico que aplaca el retumbe interior. Los seis magníficos se paran y marchan. A los minutos desaparecen, misteriosos. Algunos dicen que para el lado del mar, otros que se subieron a un colectivo, que inexplicablemente llegó a horario y vacío. Tan solo un viejo, al que todos creerán loco, señalará hacia el centro de la ciudad (los tontos mirarán solo el pequeño dedo con uña de tierra y moco) y repetirá: “yo les dije que la poesía iba a tomar la ciudad, yo les dije...”. Pero ya no lo oirán inmersos en la rutina, consolados en el recuerdo. Mientras tanto, en la ciudad, las seis siluetas seguirán disparando versos en la blanca bahía.

¿Quién se anima a ponerle el pecho a las palabras?


Bahía Blanca, Noviembre 2009

martes, 14 de julio de 2009

Texto publicado en la agenda petitera y bolsillera de HD Ediciones


Al principio pareció una casualidad. Un juego más del azar entre otros. Un “mirá qué loco” buscando la complicidad del conocido cercano o la certeza débil de la cordura. Pero el hecho se siguió repitiendo a la semana siguiente. Primero fue el lunes a las 17:30. Luego, el martes entre las 8:30 y las 9:30. Finalmente, el jueves: primero a las 8:00 y después a las 16:00 (este último estaba en rojo importante). El viernes, pese al intenso trabajo, el escaso tiempo libre y los constantes llamados de atención, no pudo dejar de pensar. El sábado permaneció en su casa (feriado comercial), sentado, encerrado en el estudio, oteando el reloj de la pared, ajustando una y otra vez la fecha y la hora de la PC. A la noche miró un partido (gol de Verón de tiro libre) y se durmió temprano. No atendió ningún llamado. El teléfono sonó insistente hasta la medianoche. Durmió. Soñó con bosques de araucarias inmensas perdidas en brumas grisáceas, con suelos rojizos y barrosos, con mujeres de pechos blancos y pequeños, de pezones rosados acariciados por tules blancos flotando en habitaciones vacías. Soñó que caía desde acantilados eternos y se despertó temprano el domingo, el estómago revuelto, el cuarto en penumbras (persianas americanas filtrando la luz como en películas ídem), una erección inútil entre las sábanas y otra certeza (ya no débil): era la agenda.

Ese domingo se la pasó escribiendo. Con precisión y tensón de relojero suizo fraccionó su vida en renglones (un renglón = media hora, precio oferta, una ganga). Cada día se fue llenando, todos los horarios cubiertos al detalle. Se imaginó en el fragor de su tarea a empresarios canosos (aquellos yuppies de ayer) con intercomunicadores digitales de última generación consultando a secretarias de generaciones recientes, sonrientes y predispuestas a decirle qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo (eventualmente, se casarán con su jefe y seguirán haciendo lo mismo pero ahora con derecho a burla frente a sus amigas del yachting club). Estúpidos de billetera asesina galanes. Él tenía su agenda (su sueldo y, seamos sinceros, su trabajo no permitían mucho más) que no era poca cosa. Ahí estaba la clave, señores. Cada renglón fue cubriéndose ese domingo con lo inevitable, lo urgente, lo impostergable, lo importante, la quintaesencia de un tipo ocupado de maletín y agenda. Árboles que cubren bosques crecieron y florecieron en la agenda. Nada quedó afuera: citas, reuniones, cumpleaños, eventos, pagos, citaciones. Hasta los domingos se llenaron y rebalsaron de compromisos. Todo ese año se cubrió aquel domingo en que José comprendió el códice secreto de sus azarosos olvidos: lo que asentaba en su agenda desaparecía, pasaba fugaz y se volvía un recuerdo de papel y tinta. El secreto de la felicidad, se dijo.

Ese domingo, José se acostó temprano, se durmió otra vez aunque con una sonrisa algo estúpida en su autosuficiencia y a primera vista un poco exagerada (risa de foto en fiesta que no se quiere estar). José se durmió pensando en su súper-agenda mágica sin saber que lo que había descubierto era una negada conciencia colectiva: no anotamos lo que queremos recordar, anotamos aquello que con secreto deseo queremos olvidar.

Enlace a Hemisferio Derecho Ediciones

jueves, 25 de septiembre de 2008

Los muertos (fragmento)

Música: Silencio (recién termino de ver por primera y última vez "Evita" y por unas horas no quiero saber nada con algo que tenga música o gente cantando)
Hora: 00:30
(Fragmento de un relato largo)

Al despertar René Balbuena una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama con la noticia de que el sistema tradicional para morirse había quedado, por decisión gubernamental, obsoleto. El análisis de varias consultoras nacionales y, fundamentalmente, de otras internacionales habían establecido con precisión (la cantidad de gráficos y estadísticas que se publicaban en los diarios eran imposibles de discutir) que la forma en que miles de habitantes elegían morir, por costumbre, obligación o desinterés, era caduca. El morir en el país ya no podía encuadrarse dentro de los estándares internacionales. Era necesario cambiar, adaptarse, ganar competitividad a nivel mundial. Fue así que en un escueto comunicado el gobierno informó a toda la población que a partir del día de la fecha (un oscuro jueves de marzo) tenía que morir de otra forma. La noticia oculta en las últimas páginas de los diarios y apenas difundida en una breve cadena nacional a las seis de la mañana apenas si causó algunos comentarios desganados y una falsa incertidumbre mal disimulada.
Nadie le dio importancia, salvo René Balbuena. Encerrado en su cuarto releyó varias veces la noticia en el diario. Los brazos le temblaban. ¿Qué iba a hacer? Él, siempre atento a las normas, al respeto a las leyes, al poder de turno ¿qué iba a hacer? La noticia tenía un número de teléfono donde se podían realizar consultas. ¿Por qué justo ahora? Miró el reloj sobre la mesa de luz y supo que por primera vez en su vida llegaría tarde al trabajo. Eran las seis y media y el tren salía a las siete. Iba a llegar tarde. Nadie se había acercado todavía a la puerta de su cuarto. Temprano habían pasado el diario por debajo de la puerta (recordaba el áspero roce de las hojas nuevas contra el piso) y poco después, a las cuatro, había sonado el despertador, aunque no recordaba haberlo escuchado.
Trató de levantarse, pero un fuerte dolor en la espalda, volvió a tumbarlo. La respiración se agitó. ¿Por qué justo ahora? Quedó mirando el techo unos minutos más. El diario estaba tirado en el piso. La noticia también miraba el techo. “Muerte homologada a nivel internacional: otro éxito gubernamental” decía el titular. René Balbuena hizo un esfuerzo mayor y se sentó al borde de la cama. Sus pies colgaban sin tocar el piso. Un empeine de tendones marcados, flaco, las uñas largas y amarillentas. Ya no eran sus pies. De alguna manera inexplicable, eso que venía sospechando desde hacía varios días se había concretado la noche anterior, mientras dormía. Se paró y vio su rostro reflejado en el espejo. La metamorfosis estaba completa. René Balbuena había capitulado al fuego de sus entrañas y esta mañana era otra cosa, una especie de insecto monstruoso, que arrastrando los pies, tomó el teléfono y discó el número que había salido publicado.
Esperó. Pudo ver el otro equipo sonando al final de la línea. Una campanilla aguda resonando en la inmensidad de una habitación vacía de un siniestro ministerio. Esperó. Sospechó un aparato abandonado en un sótano húmedo de una oscura secretaría. Esperó. Diez veces más y corto, pensó. Varias veces imaginó la mano que iba a atender. Mano blanca, de puños raídos, de dedos manchados con tinta. Mano garra con artritis de sello. Pero no atendió nadie. Colgó el teléfono poco después que su madre golpeara la puerta de la habitación. Respondió con una voz que sintió ajena. Escuchó alejarse a su madre con ese paso rápido y cortito que usaba cuando estaba preocupada. Giró y volvió a mirarse en el espejo. Se tomó la panza con ambas manos y hundió los dedos en la carne fofa. Sintió la acidez subirle a la garganta.
Miró el reloj. En el trabajo ya estarían murmurando. Eran casi las siete y media. El principal, enviado por su jefe, ya estaría por llegar a la casa para averiguar la causa de su ausencia. Maldita deuda. Volvió a mirar el diario abandonado en el piso. Ahora era tan sólo papeles viejos. Pensó en volver a llamar a ese número pero terminó acercándose al ropero. ¿Por qué justo ahora? Sacó la caja del estante inferior del ropero. Al mirarse en el espejo interior de la puerta del placard descubrió que estaba desnudo. Recordaba haberse acostado vestido, con la ropa de calle, pero nada más. Se miró en el espejo. Miró su estómago abultado, deformado, con estrías rosadas cruzando de un flanco al otro uniéndose con las costillas profundamente marcadas. Su pecho sobresalía irreal, ya no estaba agitado. Pensó en una cucaracha dada vuelta pataleando desesperada, muriendo de a poco en un rincón, sola, desapercibida, sin ayuda de nadie. Horrible metamorfosis. Levantó su brazo izquierdo y lo llevó a la cabeza. Su mano negra y metálica tenía tambor de seis tiros. Su estómago, cáncer.El ruido del tiro acompañó el golpeteo melifluo del principal en la puerta de su cuarto. La liquidación del último sueldo de René Balbuena no incluyó esta oscura mañana de marzo. Falta no justificada en tiempo y forma, dijeron en la gerencia de recursos humanos.

martes, 2 de septiembre de 2008

Escrito para el jardín

Música: nada (el televisor está prendido)
Hora: 20:30 (y todavía no preparé las clases para mañana)


Hola.
Me llamo Sofía pero no siempre tuve este nombre. Es más, aunque no lo puedan creer, hubo un tiempo que ni siquiera tuve nombre.
Fueron meses difíciles... la panza era cómoda, no puedo negarlo, pero a mamá se le daba por vomitar o no comer nada. Las primeras semanas pensé que me llamaba Náuseas porque era la única palabra que se escuchaba ahí adentro. Yo pensaba qué lindo, un nombre de diosa griega. Después supe que no era ni griego, ni divino. Era lo que sentía mamá cada vez que yo me movía.
Pero la cosa se puso peor... Al quinto mes, mis papás se decidieron finalmente por nueve nombres. Así me llamé por unas semanas Camilo Antonela Juan Ernesto Ludmila Fidel Maitena Charly Agostina Superman Vuela, que si bien no eran feos (salvo el chiste final de mi papá) no entraban en el documento. Además en las ecografías (que es una foto muy fea que te toman cuando estás adentro de la panza de tu mamá) no se veía si era una nena o un nene. Porque, pobres papás, en lo inesperado de mi llegada, todavía no me habían comprado ropa y yo andaba desnuda en la panza y ni loca me dejaba fotografiar. Que se aguantaran, entonces.
En el octavo mes, en un descuido (estaba algo dormida) me vieron finalmente y se enteraron que era nena. Cinco nombres se dejaran de lado (aunque papá siguió insistiendo en ponerme Charly, para dejar contento a García, un amigo o algo así que tiene). Me llamé entonces, por unos días, Antonela Ludmila Maitena Agostina, lo cual no es feo pero sí largo.
Entonces nací y en la corrida al hospital se perdieron cuatro nombres. Seguro que los encontraron, nadie puede pasar al lado de un nombre tirado en la calle sin darse cuenta. Los buscaron, pusieron un aviso en el diario pero ya otras nenas los tenían y los querían tanto que no los iban a devolver.
La cuestión es que nací sin nombre. ¡Qué mal! Los médicos cantaban mientras nacía: “¡Fea la actitud, fea la actitud!”
Y yo salí enojadísima de la panza de mamá. ¡Qué manera de gritar! Claro, desnuda y sin nombre. Grité, grité y grité hasta que me pusieron entre los brazos de mamá, que me calmó con un suave “ssssh”. Papá no podía hablar y sólo decía “ooooh” como una sirena que se queda sin pilas. Y yo me calmé y mamá respiró aliviada “ffffh”. Ahora, empezaba lo difícil. Porque aunque no lloraba, yo tenía miedo y si no gritaba era porque apenas podía decir “iiiih” entre lagrimitas. Y fue entonces que me quedé sola con mi papá y mi mamá en el cuarto del hospital. Allí abrí apenas los ojos y apreté fuerte el dedo de papá y de mamá. Ellos dijeron “aaaah” con cara de feliz cumpleaños. Y entre los “ssssh”, “ooooh”, “ffffh”, “iiiih” y este último “aaaah” apareció mi nombre: Sofía. Qué significa también sabiduría aunque para mis papás es alegría. Y así me llamaron y así me llaman: Sofía.